Thursday, September 18, 2014

Ciro de Los piojos

En esa época usábamos MSN y en tu perfil vos tenías una foto de Ciro, el de Los piojos, metida ahí minúscula. Durante todo ese tiempo antes de conocernos, antes en realidad de que me mandases esa otra foto vestido de esquiador imposible de reconocer y la otra, tu cara era para mí la de Ciro de Los piojos.
Después, cuando te conocí, supongo que la primera sorpresa fue lo notablemente distinto que eras a Ciro de Los piojos. Claro, más allá de lo morocho, nada.
-Vos tenés una belleza muy segundo cordón.
Te lo digo siempre para molestarte y a vos te da gracia. Es más, ya lo adoptaste como propio y te lo decís solito. Ya somos como esos viejos que se completan los cuentos y no importa bien a quién le pertenece el copyright.
Por otro lado, no sé ni quiénes son Los piojos o siquiera si debería conocerlos. La cosa es que no tengo ni idea.
Al final una noche viniste a casa y cocinamos un risotto con langostinos y tomamos mucho vodka tonic. ¿Demasiado? Y cogimos toda la noche. O parte de la noche. Los detalles se me borraron un poco pero sé que lo tengo todo escrito en una Moleskine negra en algún lugar de casa en un cuaderno que se mudó conmigo. Parece que fue en otra vida. Yo te bailaba I’m no good de Amy Winehouse y me gustaba esa parte de “Sniff me out like I was Tanqueray” aunque lo que tomábamos era un Grey Goose. Con mucha lima.
Después lloramos. Unos meses después. Mucho también.
El otro día pasé por un kiosco y había una Rolling Stone con Ciro en la tapa. Creo que nunca escuché un tema de él más allá de ese en el que la stalkea a la Macedo que la juega de infeliz y me dieron un poco de celos. Apenitas. Mírenla, pero el la acentúa en la A también, porque le da mejor la métrica así. Mí ren lá. Mire mire mire mi ren lá.
Cuando lo vi ahí en la tapa, sabiendo por supuesto que no, me pregunté “¿y ahora qué hace este pelotudo en la tapa de la Rolling Stone?”. Preguntaba por vos. Porque a veces, cuando lo veo al desconocido de Ciro de los Piojos, todavía sos un poco vos. Y me calienta.

Thursday, August 14, 2014

40 años después

Mis padres se casaron en una capillita diminuta de Martínez, Santa María de La Lucila, que en realidad pienso que es La Lucila porque es a unas cuadras de Paraná que es sabido es la calle que divide una localidad de la otra. Santa María de La Lucila está en el medio de una placita, tiene un jardín en el que en esos tiempos (hace 50 años) podías hacer la fiesta y es una construcción “simple y austera” según las palabras de mi madre. Supongo que Toti accedió a casarse ahí a pedido de ella y ella lo habrá pedido para que sus padres no le rompan demasiado. 
Mi madre tenía puesto un vestidito de broderie mini (en esa época las chicas se casaban en minifalda) que nunca vi en foto pero usaba para disfrazarme de chica. De líneas simples y austeras como la capilla en la que se casó, creo que terminó reciclado en otra cosa. 
Tampoco hay fotos de la fiesta; sí una filmación desaparecida ya que los cameramen que mi padre (el director de cine) había contratado para la ocasión, se empedaron y perdieron las tortas (de película, no de boda). Y así fue que nunca vi ni una foto ni una película del evento. Es todo un cuento que tengo en mi cabeza y retazos de un vestido de broderie con el que jugaba.
Mi madre eligió la misma capilla para bautizarme, 10 años después, cuando yo era bastante grandecita. En las fotos ya tengo rulitos dorados y zapatos pequeñísimos con agujeritos en el frente. Y cara de terror. 
Mi madre me dice que mientras volvía de una reunión en Olivos ayer, pasó por la puerta de Santa María de La Lucila y decidió entrar unos 40 años después. Parece que el lugar sigue igual, la misma austeridad, las mismas paredes blancas. Dice que se sentó un rato, pensó en lo que había pasado ahí tantos años atrás, en los que ya no estaban, agradeció otro tanto (no es una mujer religiosa) y caminó el resto del camino hasta su casa. 40 años después.

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Wednesday, August 06, 2014

Verano

Está anocheciendo y mi madre está apoyada sobre la baranda del balcón mirando como el jardín se va oscureciendo. De a poco. Es verano, estamos de vuelta después de unas semanas en Uruguay. 
Apenas subimos con el auto a la entrada de la casa, de nuestra casa, se abre la puerta del frente. Sale mi abuela y una vecina. A la distancia ya se nota que mi abuela está llorando.

Cuando viajábamos mis abuelos solían cuidar la casa y cuando mis padres viajaban solos, yo quedaba adentro de la casa. Mi abuelo se encargaba de poner en marcha el auto para que no se muera la batería y juntos se encargaban de mí. 
Única nieta mimada.
Baja la vecina y se acerca al auto. Úlceras sangrantes, internado, mi abuelo. No llegamos ni a bajar y fuimos a verlo.
 Ese había sido el primer verano que me dejaron maquillarme: delineador negro y brillo trasparente. En segundos desaparece mi verano.

Tengo una vaga imagen de mi abuelo en esa cama de la clínica. La próxima es la de mamá mirando a la nada, al jardín oscureciendo, con lágrimas que le caen por las mejillas pero cara de indiferencia. No sé si le duele, está anestesiada, estuvo tomando, es obvio. Son esos ojos a media asta, los párpados cayendo un milímetro por debajo de lo normal. Yo la miro. Yo sé detectar esas cosas. Es un talento que conservo. A esa edad no conozco mucha gente a la que se le haya muerto su padre y miro atentamente a ver si puedo descubrir qué se siente. Tiene una tristeza silenciosa, muy polaca, muy alcoholizada, una tristeza sumisa sin escándalos.
 Con mi padre vamos a una cochería y hacemos los trámites. Para eso no soy demasiado chica parece. No sé si hay entierro, no me llevan. No sé cómo muere ni exactamente cuándo, sólo que años después, muchos (como diez) mi madre ya sobria tiene que presenciar como abren el cajón para "reducir" los restos. No se había reducido, casi nada, hasta el propio empleado del cementerio se sorprende. Más años para esperar y sacar ese nylon culpable que lo envolvía. Para ese momento ya soy mucho más grande y me imagino una escena más de Hamlet que otra cosa. Poor Yorrick pienso, y en cómo se verá un cuerpo diez años después de muerto.

Todavía más años después, cuando se muere mi abuela, mamá no quiere entrar a verla. No sé bien por qué. Yo sí. Entro, la miro. Tiene cara de muerta. Me beso dos dedos de la mano y se los apoyo despacito en la mejilla. La verdad es que no me animo a acercarle la cara y tampoco me parece necesario. Mentira que parecen dormidos, los muertos parecen muertes. Y cerosos.
 También viene papá al proceso. Como si fuésemos familia. Quiere estar dice, aunque hace años que se fue de casa. Pero después las decisiones las tomo yo y ellos quedan como dos mudos a mis costados.
Mi madre no puede enterrar a sus padres.

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Tuesday, August 05, 2014

Vuelvo

Sin frente marchita ni nada que se le parezca. Con un corte de pelo, apenas. Y apenas unos centímetros más corto. Nada drástico. Una cobarde, claro.
Y un montón de anotaciones que van desde papelitos sueltos, cuadernos viejos, dorsos de presupuestos en borrador y en la última página de mi Moleskine correspondiente al 31 de diciembre que viene así como de regalo por si las moscas y nadie usa. Porque para ese entonces ya cualquier persona de bien tiene su nueva agenda y con ansiedad por estrenarla y ese día no se usa porque no pasa nada. Ese día termina el año y punto. Ese día puede usarse para escribir. Yo escribí ahí. También en unos espacios por encima de la conversión universal de medidas, los talles internacionales, los códigos de discado, un planisferio con los husos horarios y la duración de vuelos internacionales. Todo inútil. Todo garabateado con mi letra, desprolija pero con dejo a colegio inglés y años de tortuosa caligrafía. Renglones y renglones de cursivas mayúsculas y minúsculas hasta llegar a la perfección bajo el ojo meticuloso de Mrs. Henry que era de History pero igual no le gustaba mi letra.
Dudo que alguien se acuerde de lo complicada que era la H cursiva mayúscula. Yo me acuerdo. No la uso más como se debe pero me la sé a la perfección, con todas sus curvitas y sus idas y vueltas como la E que no es un simple rulo. No, no.
Ahí escribí. Y en un montón de pedacitos más que iré transcribiendo. Si vale la pena. O no.
Pero volví.
Y escribí. Hasta en un 31 de diciembre que todavía no llegó.

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Monday, January 13, 2014

Seguimos cantando

Monday, December 09, 2013

Entering the whirlpool


Es verano con ruido a ojotas que chancletean sobre pisos mojados con aguas de pileta.
-Qué manía esa que tienen ustedes de andar descalzas. Parecen indias…
Mi padre se refiere a nosotras como “ustedes”, a mi madre y a mí, dos indias rubias transitando el verano descalzas (como corresponde) aún bajo las amenazas de que “se deforman los pies”. Mi padre siempre tuvo una obsesión con los pies femeninos y se dedicó a comentar eso de mi madre y aún lo hace de los míos.
-Lindos pies.
Aprueba.
En la pileta yo me hundía para no escuchar o mejor dicho para escuchar esos ruidos deformados abajo del agua. Todo lejano, mejorado. Los gritos de otros chicos de otras piletas cercanas como tapados por almohadones líquidos. Abajo del agua todo es mucho mejor. Hay chicos en una tribu de gitanos en el sudeste asiático que pueden ajustar su visión de manera tal de hacer foco casi perfecto abajo del agua de mar. Dicen que con cierto entrenamiento cualquiera podría lograrlo. No es algo físicamente imposible salvo que yo no sé hacerlo. Algo con lo que soñé toda mi vida, eso y ser una de esas mujeres buscadoras de perlas que bajan vestidas a lo más profundo sólo armadas con un cuchillo.
Después, salir de pileta tiritando y acostarse sobre baldosas calientes hasta secarse por completo. La respiración agitada y con la pera apoyada sobre un antebrazo oler la piel quemada por el sol. La piel cambia de olor cuando está al sol. Se quema.
A la noche cazaba incansablemente bichitos de luz que no son tan lindos como cuando están encendidos; son más bien unos cascarudos de cuerpo negro y patas movedizas que se vuelven perfectos cuando están incandescentes. Beauty on, beauty off.  Igual juntaba coraje para agarrarlos con la mano y meterlos dentro de un frasco de mermelada vacía con tapa agujereada para que respiren. Durante la noche los veía prenderse y apagarse por turnos en ese mundo diminuto que les había armado en el frasco. Les ponía pedacitos de pasto (como a los camellos de los reyes magos) para que tengan un poco del espacio en el que habitaban y no extrañasen. A la mañana siguiente habían desaparecido, misteriosamente, como el pasto de los camellos. Alguien los sacaba de mi mesa de luz. Muertos supongo.
Un millón de años después sigo nadando largas piletas debajo del agua. No sé si son los Camparis que me tomé antes de zambullirme pero abajo del agua todo está lleno de sombras; concluyo que son las nubes que van tapando el sol de a ratos. Nada del agua me da miedo. Me acuerdo del primer verso de Death by Water en The Wasteland. (*) Yo no muero en el agua, yo revivo y vuelvo a ser chica con muchísimos años más.

(*)  Death by Water

by T. S. Eliot
Phlebas the Phoenician, a fortnight dead,
Forgot the cry of gulls, and the deep sea swell
And the profit and loss.
                                         A current under sea
Picked his bones in whispers. As he rose and fell
He passed the stages of his age and youth
Entering the whirlpool.
                                       Gentile or Jew
O you who turn the wheel and look to windward,
Consider Phlebas, who was once handsome and tall as you.


Read more: T. S. Eliot: Death by Water | Infoplease.com http://www.infoplease.com/t/lit/wasteland/death.html#ixzz2n0NgA9pA

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Tuesday, November 19, 2013

Teresa y el gorrión


Había varios cuentos que Toti me hacía de chica. Estaba ese que no era cuento y más bien un juego tonto en el que cuando yo preguntaba "¿Y entonces qué pasó?" venía la inevitable y siempre idéntica respuesta que me hacía morir de risa y de bronca e impotencia: "Y entonces vino la gatita blanca y se tomó tooooda la leche". Siempre en el mismo tono, siempre la misma O larga y ese efecto mágico que tiene la repetición (y la predictibilidad) en los chicos. Después estaba el del señor que había logrado achicar todos sus animalitos de granja y tenía vacas y ovejitas en miniatura que caminaban y pastaban sobre su escritorio mientras él trabajaba. Ese era de la autoría de Toti y hasta a veces venía con dibujos. Yo podía imaginarme perfectamente unas ovejitas minúsculas como los conejitos de algodón que escupían en ese cuento de Cortázar que leí muchos años después. Me parecía algo perfecto: una oveja lanuda y diminuta trepándose a tu mano desde el borde de un papel o asomándose detrás de una máquina de escribir. Pero después estaban esos cuentos de su infancia, que no eran cuentos.
Teresa había nacido en el campo y en algún momento de sus adolescencia, como tantas otras mujeres como ella, vino a Buenos Aires a trabajar "en casa de familia". La familia que le tocó en suerte (o no tanto) fue la de mi padre; básicamente sus tareas eran cuidarlo a él y sus dos hermanos, una mujer unos años mayor y el negro, el menor.
-Teresa nos crió- me dice mi padre y yo me sorprendo un poco que no haya sido mi abuela, esa madre tan devota que todos idolatran y recuerdan aún como "mami".
La cosa es que como buena mujer de campo, cuando Teresa encontró ese pichón caído del nido ni se le ocurrió abandonarlo y mucho menos visitar a un veterinario si no que se lo llevó a su cuarto y lo fue criando con paciencia. Le daba lombrices picadas con la punta de un palito, gotitas de agua y lo mantenía caliente entre medias de lana, algodones y plumas de un viejo plumero desarmado.
Era de esperarse que Toti, maravillado como suele estar con cualquier animal, fuese a su cuarto a ver los progresos que hacía el pichón. Tanto progresó que creció hasta la adultez y se pasó la vida revoloteando libremente por la casa de la calle Malaver en Olivos donde vivían y descansando en el hombro o el dedo índice de Teresa cuando ella lo llamaba.
-Era como un perro...una cosa increíble.
Tan dócil era el gorrión que hasta tomaba saliva de la lengua extendida de Teresa.
-¿No me estás exagerando, no?
-Por Dios, era así. Pero un día Teresa se casó y nosotros crecimos y ella se fue de casa a vivir con su marido. Venía a visitarnos cada tanto. Todavía tenía el gorrión...
A Toti se le nubla un poco la mirada. Yo me acuerdo aún del final del cuento, me lo contaba de chica cuando yo pedía "el cuento de Teresa y el pajarito". Entonces al borde de mi cama el me lo contaba y los dos nos entristecíamos cuando Teresa se casaba y se iba con su marido, el mismo que una noche se levantó y se calzó sus pantuflas para ir al baño. Era una noche de frío y el gorrión no había tenido mejor idea que abrigarse adentro de una de las pantuflas y dormir ahí, cerca de Teresa.

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